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Decidir es madurar
En la inercia de la vida, muchas veces posponemos elegir por miedo a equivocarnos, como si la indecisión nos protegiera de las consecuencias. Pero el verdadero error no está en fallar, sino en quedarnos inmóviles, atrapados en la espera de una certeza que nunca llega. La madurez no es la ausencia de error, sino la capacidad de aprender de él. Se dice que para que un alfarero logre un jarrón perfecto, primero debe hacer cien.
Cada elección es una afirmación de nuestra voluntad, un paso hacia la persona que estamos construyendo. Decidir es asumir la responsabilidad de ser, con todo lo que eso implica. No se trata de buscar garantías ni de evitar el fracaso, sino de entender que cada decisión nos moldea, nos enseña, nos empuja hacia la versión más honesta de nosotros mismos.
Porque madurar no es encontrar respuestas definitivas, sino atreverse a elegir, a equivocarse y a seguir adelante con la certeza de que, sea cual sea el resultado, habremos crecido en el proceso.